La economista, humorista y presentadora de televisión publica española su primer libro ‘Necroeconomía. El manual para entender la economía perversa’ (Editorial Grijalbo), donde muestra su faceta de “economista de izquierdas”.

Economista, feminista, presentadora de televisión, actriz, cómica, comunicadora, humorista, youtuber, y no necesariamente en ese orden. Marta Flich (València, 1978) tiene tantas facetas como entrevistas. Pero en ésta ha venido a hablar de su libro, el primero que escribe sobre economía. En Necroeconomía. El manual para entender la economía perversa (Editorial Grijalbo), Flich muestra su faceta de “economista de izquierdas”, como le gusta definirse, y denuncia, por ejemplo, cómo funcionan las empresas eléctricas, los ataques al Estado de bienestar, la corrupción, la precariedad laboral de las mujeres o los pocos impuestos que pagan los ricos en España. Pero además se atreve a tocar otros palos: la posverdad, las fake news o el papel de los medios de comunicación y de las redes sociales.

Tirando de su habitual sarcasmo —marca de la casa— Flich aproxima al lector a la realidad económica y social del país con la ayuda de los dibujos de Dario Adanti. Su análisis se puede resumir con esta frase que pronuncia al final de la entrevista: “Yo creo mucho en el ser humano, en los buenos”.

Empezó a escribir el libro a los pocos días de que Pedro Sánchez jurara su cargo como presidente. ¿Casualidad o se lo pedía el cuerpo tras el cambio de Gobierno?

Fue casualidad. Empecé a escribir porque en la actualidad se lanzan una serie de mensajes en materia económica que son incoherentes, en realidad son pura fake news, y creo que hay que desencriptar la realidad económica para que la gente se empodere y pueda decidir qué tipo de gestión le conviene más.

¿Por eso denuncia que los ciudadanos sufrimos un síndrome de Estocolmo en el que hemos asumido que las personas estamos al servicio de la economía cuando debería ser el revés?

Partamos de una premisa que es básica: ¿qué es la política? La política es la gestión de los recursos humanos. Los políticos trabajan para nosotros, son nuestros empleados. Somos los ciudadanos que les pagamos el sueldo a través de nuestros impuestos. ¿Qué gestión están haciendo de nuestro patrimonio? ¿Hacia dónde va la pasta que están gestionando? Ahora mismo va hacia los ricos y la redistribución es absolutamente injusta. Esos empleados, esos políticos, están cometiendo negligencia y no tienen que estar gestionando nuestro patrimonio porque no valen para eso.

¿Hemos superado la crisis o hemos sobrevivido a ella?

La redistribución ha brillado por su ausencia en estos años de crisis. Los únicos que han sobrevivido a la crisis son los ricos, las grandes riquezas y las rentas del capital. Los trabajadores han resultado perjudicados y si muchos han sobrevivido ha sido gracias a los abuelos que estaban cobrando una pensión y ayudaban a sus hijos y nietos.

En el libro afirma que la necroeconomía es “la economía muerta que da vida al capitalismo más grosero y sanguinario”. ¿Podemos entonces considerar que somos ciudadanos ‘zombies’, que están económicamente muertos y no lo saben?

La economía está tan encriptada, los mensajes económicos son tan ininteligibles, que esa falta de herramientas que tienen los ciudadanos para poder entender la realidad es también necroeconomía. El caso más evidente es el tema del feminismo: como la derecha dice que es feminista cuando luego recorta las partidas presupuestarias que garantizan la igualdad entre hombres y mujeres.

El feminismo sobrevuela todo el libro.

El feminismo es sinónimo de igualdad, ni más ni menos. Las mujeres hemos tenido que sacrificar nuestra vida personal por la vida profesional porque si no te quedas en el camino y no puedes aspirar a un buen puesto. Esto es un problema y se soluciona aplicando políticas de igualdad. Lo importante es que podamos tener acceso a los mismos puestos de trabajo con las mismas condiciones que los hombres.

Supongo que precisamente es lo que espera del Gobierno de Pedro Sánchez: un avance tangible en políticas de igualdad.

Eso es lo que espero y lo que venía recogido en el proyecto de presupuestos alternativos que no se aprobaron en febrero. Y los llamados viernes sociales también han ido en esa línea. Así que sí, eso es lo que espero, pero para eso hace falta dinero y por tanto una carga impositiva mayor a las grandes fortunas y a las grandes empresas, algo que ahora no se está haciendo. Hay cosas como la brecha salarial que se pueden solucionar con dinero a través de los Presupuestos Generales del Estado y creo que el Gobierno de Sánchez lo hará.

Su libro confirma que, en cualquier caso, la situación económica no está para bromas.

Ahora mismo no hay una recesión inminente. Hay una desaceleración, pero menor de lo que nos están vendiendo. Estamos a tiempo de hacer políticas contracíclicas, de ayudar con políticas sociales en un momento en que la sociedad necesita más atención para cubrir las desigualdades. Necesitamos aumentar la recaudación a los más ricos, que ahora mismo no pagan lo que deben, y tenemos que invertir en I+D+i, en las pequeñas empresas para que sean más competitivas y productivas. También tenemos que cambiar el modelo productivo y así no nos pillarán tan en bragas cuando las cosas vengan peor dadas.

¿Pagamos pocos impuestos en España?

En los últimos Presupuestos Generales del Estado que aprobó el PP y apoyó Ciudadanos, se establecía un 38% del PIB en ingresos y un 38% en gastos. Esto es Rumanía o Bulgaria. La media europea está por encima del 42%.
Y dice que los ricos no pagan los impuestos que deberían.
No hay nada malo en ganar dinero si luego pagas los impuestos que te corresponden. Pero las grandes riquezas y las grandes empresas no lo hacen. En España no hay justicia impositiva. La banca paga una tasa efectiva menor al 15% en el Impuesto de Sociedades; vamos a intentar al menos que esa tasa sea un 15% real. Pero ahora se van de rositas porque compensan provisiones, dotaciones, pérdidas. Lo mismo pasa con las grandes multinacionales.
En ese sentido somos un país curioso: no nos gusta pagar impuestos pero queremos un buen Estado de bienestar.
Es muy contradictorio, sí. No pasa nada por subir dos puntos en el IRPF a personas que ganan más de 10.000 euros al mes. No pasa nada porque las grandes empresas paguen lo que tienen que pagar después de mucho tiempo sin hacerlo. Los recortes en Sanidad o Educación nos afectan a todos, pero especialmente a los que menos tienen. No es lo mismo que cada español ponga unos euros y tengamos una Sanidad pública como toca y que le pueda operar un buen cardiólogo o un buen neumólogo, que poner dinero de su bolsillo para pagar parte de esa operación, una operación que probablemente tampoco un ciudadano medio podría pagar, porque el 90% de las personas de este país cobra menos de 2.000 euros al mes, y no te quiero contar los que cobran menos de 600 euros.
Y también tenemos que pagar las pensiones.
Tienen que haber una solución, porque hay que pagarlas. Rajoy pidió un préstamo, ¿no? Pues ahora hay que pagarlas a través de un préstamo y eso va a cargo de los Presupuestos Generales del Estado y éstos se financian con impuestos. Si Fátima Báñez vació la hucha de las pensiones, entonces lo que hay que hacer es financiarlas a través de los impuestos porque los pensionistas han estado financiando y pagando impuestos toda la vida y se lo merecen.

¿Usted cree que cobrará una pensión digna?
Depende del Gobierno que esté.
Si es por la derecha, igual no.
Entonces no hay que dejar que la derecha gestione nuestros dineros.

Usted es partidaria de una Renta Básica universal. ¿Sería una buena alternativa a una situación social insostenible y de paso una buena forma de evitar un estallido social?

No afirmo nada concreto, pero sí abro un poco el debate. A mí me gusta el artículo 10 de la Constitución, el que habla de la paz social. La paz social se garantiza con la igualdad y con el cumplimiento de la Constitución, la misma con la que se llena la boca la derecha y luego incumple porque no le interesa. La paz social se tiene que garantizar con el bienestar social y para eso necesitamos un modelo productivo con más valor añadido, con mayores productividades, donde trabajando menos cobremos lo mismo y donde a través del impuesto de sociedades se pueda establecer una Renta Básica Universal que cuando llegue la jubilación se reduzca. Esto es redistribución justa porque es bueno que haya una renta que acompañe siempre a las necesidades de los humanos. Obviamente todo eso llevará un tiempo.

En este libro no habla sólo de economía, también hace un retrato demoledor de la clase política. De hecho, relaciona la falta de madurez con la política. ¿Tan malos son los políticos de hoy en día?

La clase política deja mucho que desear. Ha habido mucho ensayo y error, y mucha veleta. Sí que salva alguno. Hay algunos que trabajan por vocación, porque la política no es una profesión para enriquecerse. Pero ahora los políticos parecen estrellas del rock, y luego rascas un poco y ves que no hay nada en el interior. No hay que desterrar a los viejos porque sean viejos; siempre viene bien una mezcla de madurez y experiencia con juventud e ilusión.
Pese a todo propone pactos de Estado y dejar al margen las ideologías. ¿Cree realmente que eso es posible?
La política es el arte de dialogar y ponerse de acuerdo por el bienestar social. Ahora eso parece inviable porque uno visualiza a los políticos que tenemos: algunos prefieren establecer cordones sanitarios a partidos demócratas y progresistas y dicen que no van a hablar, como si fueran niños de dos años. Eso me preocupa mucho. Deberíamos despedir a esas personas que no son capaces de ponerse de acuerdo y cambiarlas por otras, igual que a nosotros nos despiden de nuestro puesto de trabajo cuando no cumplimos las expectativas. ¿Has mentido en tu programa electoral? Vete a tu casa, ¿No has cumplido las expectativas? A tu casa. Lo que pasa es que los políticos están atornillados en el cargo porque el poder es muy goloso.

Pero esto lleva así toda la vida. ¿Qué le hace pensar que esto pueda cambiar?

La pedagogía tiene que ayudar, por eso he decido escribir este libro. Los economistas de izquierdas pensamos que el ser humano está en el centro y que a través de la pedagogía se pueden cambiar las cosas. Si aumentamos el tiempo empleado en los medios de comunicación a hablar de la verdad, de los conceptos económicos, de la cultura financiera, la gente entenderá qué es lo que le conviene. Los que trabajamos en medios de comunicación tenemos una gran responsabilidad en ese sentido.

Parece difícil: usted misma reconoce que cada vez tienen más fuerza la posverdad, las ‘fake news’ y la desinformación, sobre todo a través de las redes sociales.

Yo no estigmatizo las redes sociales. Como todo en la vida tiene una parte muy buena y una parte muy mala, depende del uso que le des. Para mí las redes sociales son un altavoz magnífico: yo me hecho en las redes sociales y gracias a ellas he colocado mi marca y he contado lo que quería contar. Pero sí que es verdad que las redes sociales, igual que el periodismo digital en varias ocasiones, por esta cosa de la inmediatez, de ser los primeros, provoca que se digan barbaridades que ahí quedan. Difama que algo queda. Por eso tiene mucho que ver con la personalidad y la responsabilidad del periodista.

¿Vivimos en una época de mediocridad creciente?

Yo no creo que la sociedad sea mediocre. Lo son los políticos. Muchos ciudadanos no llegan a final de mes y los políticos están pisando moqueta todo el rato. Y hay que recordarles que son nuestros empleados. La mediocridad siempre suele venir acompañada del engaño y el engaño suele estar íntimamente relacionado con la economía política de la derecha.

¿Qué le parece el fenómeno de Vox?

Hay un metaproblema en España que es el llamado conflicto catalán. La gente, frente a llegar a final de mes, teme un meteorito que se llama Cataluña. De ahí, en parte, surge Vox. Los independentistas catalanes y los nacionalistas españoles son dos extremos que se tocan. Las dos partes me parecen menores de edad: dejan mucho que desear a la hora de solucionar los problemas que tiene esta sociedad.

Y volviendo al libro, usted plantea acabar con el poder del oligopolio eléctrico.

Expongo cómo están las cosas y cómo deberían ser. Nosotros somos los que pagamos la factura eléctrica. Que nos bajen el IVA eléctrico es magnífico, pero el problema no está ahí, sino en el sobrecoste que estamos pagando por energías que están ya más que amortizadas. Las eléctricas se siguen llevando unos márgenes de beneficios increíbles. El mercado eléctrico no está funcionando y creo que hay que tender hacia un mercado de energías renovables con un mix que puede ser el mercado de gas o de ciclo combinado, que para más inri genera puestos de trabajo y, además, cuida el planeta, fíjate tú que bien. Podríamos llegar a lo que decía Jeremy Rifkin de la sociedad de coste marginal cero.

Eso parece misión imposible.

Es complicado porque son cinco empresas que lo controlan todo. Pero en el momento en que este tema se haga popular y la gente lo entienda el cambio se va a producir. La presión social va a ser imparable. La gente muere por pobreza energética, e igual que se van a acabar los desahucios, igual que se luchó contra las cláusulas suelo, igual que se lucha por la revalorización de las pensiones, también se conseguirá esto. Lo que pasa es que no quieren que lo entendamos, pero una vez que se entienda la presión social conseguirá el cambio. No hay que olvidar que los ciudadanos votamos.

¿Para qué sirve el humor? ¿Le ayuda a llegar a más gente?

El humor me sirve para despertar el interés. La economía es una disciplina en principio cero interesante y aburridísima y sólo a través del humor he conseguido que interese y se viralice. El humor es de las pocas cosas que nos diferencian de los animales: la capacidad de reír, de emocionarnos y esa capacidad cerebral que nos hace entender la metáfora y por tanto la poesía y el arte en general. Para mí la literalidad, que es lo que tiene Vox, es muy peligrosa. Vox no tiene sentido del humor, no entiende la metáfora. Con seres literales no es necesario el arte.
Me da la impresión de que el humor le salvó de una vida anodina: usted iba para bancaria.
Siempre he tenido mucho sentido del humor, y sí es cierto, el humor salva de todo. Si no tuviera sentido del humor viviría bastante peor, sí.

¿Se siente respetada intelectualmente como economista? Lo pregunto en parte porque la caverna mediática le tiene cierta ojeriza.

Siempre han jugado a restarme credibilidad, pero esto es lo de “ladran pero cabalgamos”. Soy consciente de la guerra de los digitales de derechas y de los economistas de ultraderecha contra mí. Ellos se retratan y si se ponen nerviosos por algo será. Soy consciente de lo que digo, sé de qué fuentes bebo, y si les pica, que se rasquen. También les jode que yo sea mujer y también les jode que yo sea actriz, como si no se pudiera tener versatilidad.

Economista, feminista, actriz, cómica, comunicadora, humorista y muchas cosas más. ¿Con qué faceta se queda?

Me quedo con la de comunicadora. La comunicación lo integra todo, con comedia o sin ella.

 

Fuente: Publico.es