Por Marcela Temes I dirección@revistali.com

Siempre hablamos del empoderamiento de la mujer. Del compañerismo y de esa actitud de complicidad que tenemos muchas veces con sólo mirarnos. Como si el ser poseedoras de un útero nos hiciera receptoras de afecto y dadoras de buena leche. Entonces somos capaces de abrazar a una amiga, abandonar todo para ayudar a alguien, y hasta dejar de pensar en nosotras por las otras y otros. Digo los otros, porque muchas somos capaces de correr por cualquier urgencia que acontezca  e ir en auxilio aún sin conocer a quien estamos socorriendo. Parece instintivo.

La mayoría de las mujeres tenemos esta inclinación casi ancestral y visceral de dar ( pero también de quitar) Y si bien esto cambia a través del tiempo, o está marcado por cuestiones sociales y culturales, lo cierto es que hasta en la mitología la mujer siempre fue quien se entregaba a vivir o morir por los otros.

Por mi trabajo y mi estudio, he viajado mucho y he podido conocer mujeres de culturas y status sociales opuestos, y sinceramente entre las mujeres más solidarias que me he encontrado fueron  las bolivianas. No sé por qué, pero ellas montan sobre su pecho o en sus espaldas a sus niños /wawas, temprano y son incapaces de soltarlos mientras cargan, cosechan, siembran, venden o caminan incansablemente para llegar donde sea. Ellas se extienden unas con otras para armar redes infinitas. Y se entregan a sus compañeros con un amor incondicional. No se cómo es visto desde un punto de vista -feminista- lo cierto es que son BUENAS MINAS, ricas en creencias y sabias en sus acciones diarias.

Mi vida estuvo rodeada de mujeres, abuelas , bisabuelas, tías abuelas, tías. Somos tres hermanas que vivimos y fuimos criadas por una madre sola y tenemos mayoría de hijas mujeres, por lo que siempre fuimos mayoría y estoy más acostumbrada a lidiar con mujeres que con hombres. Tal vez por esta razón, siempre me he resistido a calificar a alguien como de mala persona. y mucho mas aún,  a considerar esta apreciación de una mujer.  Pero, así  como la vida nos da ese instinto /también conocimiento/, de que en este mundo hay buenas minas, y lo sentimos al acercarnos, al compartir, al elegirnos, también debemos reconocer que  hay malas minas .

“Malas Minas” de las que nunca hablamos, minas que preferimos obviarlas, escaparnos, tratar de pensar que no existen, ignorarlas y mirar para otro lado, hasta que nos ponen el pie.

Recuerdo que estaba en 3er. año del secundario cuando en la clase de gimnasia, mientras, jugábamos un partido de vóley, hice un salto y al caer una compañera puso su pie sobre el mío, de tal manera que no pudiera apoyarlo al tocar el piso. Obviamente mi pie y tobillo terminaron fracturados…y entonces pensé, Que mala mina. Porque querría entorpecer mi caída ? porque buscaría mi fractura? No alcanzaron mis 45 días de yeso para encontrar la respuesta que llegaría después de 30 años.

A lo largo de la vida te das cuenta que lamentablemente hay mujeres así. Que buscan entorpecer tu caída por el sólo hecho de verte quebrada. Y así como hay  veces que no vale la pena detenerse,  otras sí. Porque hay que aprender a  alejarse de Las Malas Minas. Mujeres con  un deseo vehemente, impetuoso e insaciable, que excede lo que el sujeto necesita y lo que el objeto es capaz de dar.

Mujeres con un deseo vehemente, impetuoso e insaciable, que excede lo que el sujeto necesita y lo que el objeto es capaz de dar.

Mujeres que  convenientemente creen disponer de la vida de los otros pero por sobre todas las cosas, mujeres  que no solo quieren hacer daño para sacar beneficio propio, sino  que quiere hacer daño por el propio motivo de hacer daño y perjudicar.

Pero porque hay violencia y crueldad entre las mismas mujeres ? en realidad para no caer en cuestiones de ética, o en la simplista critica moral de bueno o malo, diría que hay mujeres que no han podido resolver sus vínculos primarios y se mueven con envidia – de lo que les falta- , rencor – de lo que no tienen- , resentimiento – de lo que han perdido – y celos de lo que desean del otro. Y si bien estos sentimientos son también hacia los hombres, son las mujeres quienes las confrontan constantemente, por identificación con la madre, diría Melanie Klein.

Podemos pensar que una mala mina es aquella que no tiene compasión de los demás, que de manera intencional  trata de dañar los sentimientos ajenos, ofenderlos, humillarlos. Es esa persona egoísta que prefiere que se le pudra la comida en la heladera antes de darle un plato a quien necesita. Es quien intenta bajar tu autoestima y no tiene reparos en pisar tu cabeza para subir un poquito más. Pero también es quien a la hora de la fiesta, está sola y muchas veces, por pena o compasión nos sentamos y apoyamos nuestro brazo sobre su espalda. NO. Olvidémonos que van a cambiar. Nada de eso. La gente es como es.

No hay mucha bibliografía sobre este tema, creo que las mujeres en este afán de lograr empoderarnos frente al patriarcado dejamos de lado este aspecto del que la historia nos marcó como brujas o maliciosas encantadoras.

Durante mis años de estudio, me sorprendió la lectura de Melanie Klein y luego de la prestigiosa psicoanalista Marie Langer. Mimi como se la conocía en el ámbito mas cercano, una de las figuras fundadoras del psicoanálisis en la Argentina, quien publicó, en 1951, Maternidad y sexo, Una lectura intensa que, examina la construcción compleja del psicoanálisis de la maternidad” donde analiza el problema de la relación de la mujer, a partir de la voluntad de extender el psicoanálisis a los problemas de la sociedad contemporánea, haciendo intervenir el recurso a la antropología cultural.

En fin, como deje la clínica hace muchos años, más allá de intelectualizar este tema, creo que el mejor ejemplo lo viví a los 15 años y no hay otra que decir que estas Malas Minas, son las que ponen el pie cada vez que saltamos, para que la llegada sea un golpe.

Muchas veces nos preguntamos, que hice yo para merecer esto… NADA basta de culpa, hay minas malas de las que solo debemos mantenernos alejadas, de las que no podemos confiar y a las que hay que darles el mínimo lugar en tu vida y en tu trabajo, pero jamás ignorarlas ya que corremos el riesgo de olvidar y estar atentas a que están ahí, para poner su pie y esperar la caída.

Abrazo del Alma