Nadie sabía mucho de ella, nadie tampoco la heredó a su muerte. Vivian Maier (1926-2009) fue una mujer solitaria y excéntrica, con una mirada aguda y artística de la realidad cotidiana, pero a hurtadillas. Durante más de cuatro décadas, mientras trabajaba como niñera en casas de familia, Maier sacó cientos de miles de fotos en las que pudo encontrar en el día a día lo monstruoso y lo divino. Lo vulgar y lo extravagante en hombres, mujeres, ancianos, niños, parejas, enfermos mentales, vidrieras, calles y autos de Chicago fue visto por sus ojos secretos. Desde hoy y hasta mediados de junio, una muestra con cincuenta y cinco de sus tomas en blanco y negro, tomadas en Chicago y Nueva York durante las décadas del 50 y 60 del siglo pasado, podrán verse en Buenos Aires.

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Sus fotos y su arte recién vieron la luz cuando ella ya no podía verla y fue por casualidad que un agente inmobiliario e historiador aficionado compró en un remate algunos de los miles de rollos fotográficos sin revelar que Vivian guardaba con la pasión y la manía del coleccionista. Había revelado y editado muy poco, posiblemente la falta de dinero haya afectado esa labor, clave para la divulgación de su obra.

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Maier nunca llegó a saber de su consagración como artista ni supo que su obra sería admirada en todo el mundo. Sin embargo, como si hubiera tirado una botella al mar a la espera de un rescate amoroso más allá del tiempo, conservó hasta su muerte cajas y cajas con sus cintas y sus rollos de fotos que terminaron siendo rescatadas del olvido y que junto con su nombre, hoy forman parte de la historia de la fotografía.