Por Marcela Temes I dirección@w.revistali.com

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Madre es una palabra inmensa, tan inmensa que si bien nos llena de ternura y cariño, a veces nos sofoca….Es que generalmente, las madres somos demasiados intensas y nos cuesta medir lo que damos…
La psicoanalista inglesas Melanie Klein lo expresó muy bien cuando desarrollo su teoría de “TetaBuena” y “TetaMala” (ella decía pecho, pero a esta altura me gusta más decir teta) porque damos y quitamos al mismo tiempo, que nuestras benditas hormonas hacen que viremos constantemente de la felicidad a la tristeza. Somos capaces de llorar de alegría y reímos de estupor…una manifestación casi exclusiva del género femenino ( y de las madres).
Por eso a los hijos, les cuesta – y nos cuesta – entender el universo de la maternidad, porque es tan inconmensurable, que muchas veces nos perdemos en el sentimiento y huimos espantados.

Seguramente porque tenemos la certeza de que “ella”, va a estar siempre, es que nos permitimos enojarnos, rabiarnos, no ir a verla, hacerle reproches y quererla con todo el alma.

Seguramente porque tenemos la certeza de que “ella”, va a estar siempre, es que nos permitimos enojarnos, rabiarnos, no ir a verla, hacerle reproches y quererla con todo el alma.
La escritora Isabel Allende dice; El peor defecto que tienen las madres es que se mueren antes de que uno alcance a retribuirles parte de lo que han hecho. Lo dejan a uno desvalido, culpable e irremisiblemente huérfano.
Cuando nacieron mis primeras hijas (mellizas) lo primero que dije fue mamá, como si la magia que había sucedido en ese instante también le estuviera dedicada a quién me había dado la vida – Y así era.
Cuanto más fuerte nos sujetaron, más confianza tenemos en nosotros mismos. Los primeros brazos, son el primer amor. El vientre que nos alojo, nuestro primer hogar. No hay manera de no sentir un amor incondicional, tan propio y nuestro por la mujer que nos dio la vida.
Por eso no importa tanto si el día de la madre es una fecha comercial inventada para comprar regalos. A mi gustan las fechas, sirven para recordar, hacer un parate y respirar. Comprar algo lindo o fabricarlo o escribirlo, compartir una comida, mirar como paso el tiempo y detenerlo para volver a ese instante en el que solo mirabas sus ojos. En el que solo miraba los ojos de mis hijos sobre mi pecho. Ese instante que nos es único. La conexión primitiva del alma a través de la mirada. Donde no hay palabra, ni acto.
Que la vida llene de alegría a las madres que tuvimos, a las que somos, a las que vendrán, a las que sueñan, a las mamas del corazón y de la vida, porque esa es la vida misma.

 

“Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo.
Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño.
Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida.
Sin embargo.., en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño,
perdurará siempre la huella del camino enseñado.”
-Madre Teresa de Calcuta-