Por Marcela Temes I dirección@w.revistali.com

Hace poco tiempo, luego de un suceso personal  de intensa tristeza, una artista amiga me dijo: “Que suerte ¡Es momento de contemplar lo que está por venir!”.  En ese momento, solo pude abrazarla fuerte y decirle gracias. Mi experiencia empresarial, personal y de años como terapeuta de familia lo sabían; sin embargo, muchas veces, uno teme profundamente esos quiebres, necesarios para crecer.

Porque generalmente es más fácil y cómodo  permanecer, transitar y sentir que vamos haciendo camino, que dejar que lo nuevo aparezca. Seguimos en el mismo trabajo, en la misma relación, con las mismas amistades, visitando los mismos lugares, comiendo con los mismos clientes, resistiendo el cambio de empleados. Sabemos que esta bueno ir por más, pero nuestra zona de confort solo nos permite movernos un poquito, sin atrevernos a romper para lograr el cambio rotundo.  Entonces el quiebre viene desde afuera y nos aterrorizamos.

Creemos que  la vida nos ha planteado un reto y que debemos hacer un esfuerzo muy intenso para poder cruzar al otro lado de la orilla. Nada de eso. Todo quiebre viene desde adentro. De lo profundo del ser, de lo más íntimo de nuestra empresa, de lo esencial de nuestro negocio. Las crisis vitales (personales y laborales) no hacen más que poner de manifiesto la necesidad de irrumpir para darle paso a algo nuevo.

Ximo Company, catedrático de Historia del Arte, revelo en una entrevista: “Toda la vida estudiando, acumulando datos, transfiriendo información, citando fuentes. Y ahora… Ahora he descubierto que Velázquez es sobre todo para verlo y contemplarlo”.

Contemplar es tratar de poner o prestar atención en algo espiritual o material, pero también alude en pensar, meditar o reflexionar. Si bien no es un término que utilizamos habitualmente en el ámbito empresarial, muchos de los CEO de las más grandes multinacionales,  han confesado que en muchos momentos  volvían a la idea de dar prioridad a la contemplación sobre la acción.

Entender que cuando una idea, una misión, un proyecto o un sentimiento comienzan a amarrarnos, esclavizarnos y no dejarnos fluir, es que ha dejado de tener un sentido verdadero en nuestra vida. Lo que nos ata nos mata.

Entonces como decían las abuelas “si sucede conviene”. Deja que las cosas sean lo que deben ser y tomate tiempo para contemplar antes de tomar nuevas decisiones. Seguramente algo maravilloso está deseoso por llegar.

Las abrazo con el alma.

Marcela Temes