La autoexigencia tiene que ver con “querer hacer las cosas bien y esforzarnos para ello”; pero la mayoría de las veces no se toma en cuenta que también puede implicar un patrón de comportamiento poco saludable, que conlleva un sufrimiento para la persona que es autoexigente.

El sufrimiento ocurre cuando queremos ir más lejos de lo que nuestras aptitudes nos permiten y la relación entre nuestros recursos, conocimientos y habilidades versus nuestras metas, es desproporcionado. Hay que acompasar el “esto es lo que quiero” con “esto es lo que tengo para conseguirlo” y “esta es la realidad”. Se trata de: conocer nuestros límites, cómo flexibilizarlos (explotando nuestros recursos, ajustando los que tenemos y los que nos hacen falta), gestionar, priorizar, armar un plan de acción y establecer una meta, de manera realista. Sino, corremos el riesgo de que nuestros “límites” se transformen en “limitaciones”. En síntesis, el objetivo es lograr lo mejor posible dentro de nuestras posibilidades reales.

La brecha entre la baja autoestima y una autoimagen super idealizada (su prototipo) se instrumenta por medio de esta gran autoexigencia.

La persona autoexigente es aquella a la que le cuesta aceptar la idea de que no puede con muchas cosas que se ha propuesto ya que hacerlo implicaría aceptar que como todos, tiene límites.  Además:

  • Prefiere instalarse en una falsa ilusión que confunde con la realidad. Es una persona que instrumenta una disciplina férrea en pos de conseguir su objetivo, siente una responsabilidad al respecto que lo excede emocionalmente, siente culpa si no cumple las tareas pautadas, a las que cumple con una minuciosidad más allá de lo razonable.
  • Sus propósitos y sus actos están teñidos por su actitud perfeccionista y su necesidad de control. Manejarse de esta manera le hace perder mucho tiempo y lo lleva a ser poco eficiente.
  • La inseguridad ante los posibles errores, le dificulta el tomar decisiones, tolerar los cambios y la frustración.
  • El miedo y la culpa son tan intensos que lo paralizan.
  • Busca instrumentar mecanismos de control desmesurados para enfrentar la incertidumbre.
  • La autoestima es pobre, se valora por lo que hace y no por lo que es.
  • Se rige más por la vía racional y las emociones están parcialmente bloqueadas. Esto se traduce en una dificultad en poder empatizar con el otro, lo cual le trae problemas en su vida privada y laboral.
  • No puede evitar sentir que los demás en el fondo, lo juzgan con la misma vara alta que él lo hace consigo mismo. Esto lo lleva a seguir esforzándose sin tregua. A la vez parece que nadie hace tan bien el trabajo como él, con lo cual no confía en los demás, no delega y se sigue sobrecargando más, con lo cual solo aumenta el nivel de estrés y sus sentimientos de frustración e impotencia.
  • Nunca es suficiente. La insatisfacción que siente con respecto a sí mismo se le va cronificando.  Como no mide sus límites y por su intensa necesidad de ser valorado y de no decepcionar a otros, se termina comprometiendo en cosas a las que no puede llegar por falta de tiempo y de fuerzas. Así termina decepcionándose a si mismo y a los otros, para quienes termina resultando no creíble.

Este estilo de funcionamiento termina comprometiendo su salud ya que la autopercepción de sus propias necesidades, inclusive las más elementales, como las biológicas quedan relegadas a un segundo plano y el cuerpo es tratado como algo que no necesita demasiado cuidado. Si el estrés persiste, el malestar se traducirá en el desarrollo de síntomas tanto físico como emocionales (ansiedad, miedos, depresión, angustia, agotamiento mental o burn out por ejemplo).

 

¿Cómo se puede modificar una conducta autoexigente?

  • Identificar nuestros propios límites, desarrollar una visión más realista de nuestros recursos y de nuestras limitaciones. Identificar nuestros puntos fuertes y nuestros puntos débiles. Trabajar para potenciar estos últimos.
  • Fijarnos metas realistas.
  • Entrenarnos para aprender a tolerar y manejar la frustración.
  • Trabajar sobre nuestra autoestima para que nuestra autovaloración no dependa de lo que hacemos para los demás, ni de nuestro perfeccionismo.
  • Aprender a identificar y expresar nuestras emociones para mejorar la relación con nosotros mismos y con los demás.  Entrenar la  empatía.
  • Incorporar en la actividad que hagas un momento para disfrutar de algo agradable de la tarea.
  • Contemporizar y aprender del error. Verlo como una oportunidad. Y desdramatizarlo, la mayoría de los errores que tenemos en el día no tienen mayor consecuencia. Ser más tolerante con uno mismo.
  • Proponerse no preocuparse tanto por los resultados. Estar más atento al proceso.

 

Es momento de ejercitar la voluntad para encontrar un camino diferente, en donde lo que hay sea suficiente para vivir de manera más serena y plácida. Encontrar una nueva forma de relacionarnos con nosotros mismos requiere un proceso físico, emocional y espiritual benévolo, amable y nutriente. Es necesaria la transformación de valores y la escucha de nuestras necesidades.

Dejar atrás la autoexigencia es volvernos más sensibles, conscientes y responsables de nuestra existencia. Implica volvernos más humildes y agradecidos con  lo que sí hay adentro y afuera de nosotros. Es un trabajo cotidiano, constante de ejercitar nuestra autocompasión, la tolerancia y el amor hacia nosotros mismos.

Asesoro: Lic. María Gabriela Fernandez Ortega (MN 17735) Instituto Sincronía –Especialistas en estrés, ansiedad y emociones