La inteligencia sexual es algo innato en los seres humanos, pero lamentablemente son pocos los que pueden gozar de ser “inteligentes” en esta área. Ser demasiado racional, reprimido y en definitiva no saber cómo funciona nuestro cuerpo puede traer consecuencias. Las disfunciones sexuales sólo son algunas de ellas.

Por Carla González C.

El placer inteligente “es comprender nuestros deseos sexuales y lo que significan para nuestra vida psicológica. Si usamos estos deseos para que nos guíen hacia la elección de una pareja sexualmente compatible, podemos curar conflictos del pasado y satisfacer nuestras necesidades”.

 

Así explica el concepto de “sexo inteligente” el psicoterapeuta y columnista de la revista Psychology Today, Stanley Siegel, quien lanzó en enero pasado el libro “Your Brain on Sex” (disponible en Amazon.com), texto en el que el autor “sostiene que el sexo y el erotismo pueden ser una terapia, incluso para el trauma más grande”, además de “un motor de la libertad y expresión personal”.

 

Este tema no es nuevo (aunque tampoco tan antiguo) y surge mucho después de la exposición de Daniel Goleman, quien reunió los conocimientos de especialistas anteriores (Gardner uno de ellos) para compilarlo todo en lo que conocemos como inteligencia emocional. Pero no todo terminó ahí, pues ahora la inteligencia sexual es una capacidad que puede desarrollarse y aunque todos la poseemos en mayor o menor medida, lo cierto es que nos hace falta desarrollarla.

 

Según cuenta la psicóloga española Jennifer Delgado, un estudio realizado en Estados Unidos gracias al cual implementaron un perfil de la satisfacción sexual experimentada, arrojó entre otras cosas, que “un 42% de los entrevistados carece de deseo sexual,  un 57% reconoció que es incapaz de llegar al orgasmo y que alrededor de un tercio de la muestra (500 personas) afirmó que en muchas ocasiones el sexo no les resulta placentero”.

A partir de los resultados de ese estudio, la terapeuta española menciona que los psicólogos Shere Conrad y Michael Milburn “nos proponen la búsqueda de una vida sexual más plena a través de la potenciación de la inteligencia sexual”, comentando que ésta sería “la capacidad para expresarnos libremente en nuestro ámbito sexual buscando nuestra satisfacción a partir de una relación abierta con nuestra pareja y partiendo de un profundo autoconocimiento sexual”.

 

Al respecto, la psicóloga y terapeuta sexual de Cesch, Michelle Thomas Vial, comenta que tal como la inteligencia emocional, la que tiene que ver con lo sexual “es algo innato, pero así como hay personas a las que les resulta una habilidad natural, a otros no les sale fluidamente y por lo tanto deben trabajar en ella”.

 

Para la psicóloga, la inteligencia sexual se mueve en tres ámbitos, el primero es “cómo la persona es capaz de desarrollar su concepto de sexualidad, entendiendo que la cultura nos entrega un tipo fijo con el cual debemos vivir y practicar y que eso está enmarcado en un contexto, el que tiene que ver con educación e instrucción”, menciona.

 

El segundo en tanto es para Michelle un aspecto más inherente a la persona. En ese sentido dice que “tiene que ver con cómo el individuo ha vivido subjetivamente su sexualidad, cómo ha sido su aprendizaje y educación sexual, cómo ha desarrollado su sexualidad a lo largo de la vida, saber cuáles son sus falencias, en qué puede mejorar, etcétera”, menciona.

 

Por último, el tercer aspecto al que hace alusión va de la mano de lo anterior y tiene que ver con cómo a partir de ese aprendizaje sexual la persona luego iniciará una búsqueda para hallar una pareja. “Saber qué es lo que voy a buscar de y en una pareja; lo que me falta, lo que necesito complementar, si quiero alguien que piense igual que yo o no, cómo me relaciono con el entorno, etcétera”, reflexiona.

 

Por su parte, el gineco-obstetra y sexólogo, Christian Thomas, afirma que ha habido un cambio en el ámbito de la psicoterapia donde la forma de ver los conflictos intra psíquicos ya no es la misma y por eso lo que antes se entendía como sexualidad, es decir, “instintos de apareamiento puestos a prueba que sufrían la represión de la cultura” hoy es vista como algo adecuado o no, dependiendo de la relación que tenemos con los demás.

 

En este contexto, agrega que “tal como la inteligencia matemática o la verbal, la inteligencia sexual debe desarrollarse y eso sólo se logra si están dadas las condiciones, las que debieran estar presentes desde los primeros enlaces del bebé con los padres (permitir disfrutar del cuerpo y contacto físico, pero al mismo tiempo normando y ayudándonos a sentirnos bien con nuestro cuerpo) y la educación, que debiera ayudar a mejorar el conocimiento y a saber cómo funcionamos”.

 

Frente a la posibilidad de lograr una suerte de limitación de las emociones y la espontaneidad a través de esta instrucción, el sexólogo dice que “puede ocurrir si esa persona no ha trabajado también en ella misma para no ser sólo una enciclopedia viviente, sino que además haya un autoconocimiento tal que pueda equilibrar entre deseo, cognición y amor”.

La terapeuta sexual de Cesch recalca que es importante destacar que “la sexualidad es la vivencia subjetiva con mi cuerpo y con la relación con los demás. Es una forma más de cómo somos capaces de relacionarnos. Entonces, es mucho más que el coito y por lo tanto cuando hablamos de inteligencia sexual estamos hablando de una inteligencia a nivel de relaciones”.

Es quizás por esta relación un poco coja que tenemos con la sexualidad que según afirma la psicóloga “muchas de las disfunciones que  se presentan tienen que ver con que las personas no tienen conjugadas sus inteligencias (relación soma-cognición)” y no son capaces de fusionarlas y equilibrar ambas habilidades.

 

Entonces, asevera, “desde el soma, algo mucho más visceral, hay mucha relación con las disfunciones donde no hay control acerca de la sexualidad. Esto ocurre por ejemplo en la eyaculación precoz, donde hay una especie de vacío o impulso físico que no es capaz de ser controlado por la mente y por lo relacional”.

 

Por otro lado, afirma que “una anorgasmia – donde la razón impera – es una incapacidad de vivir el momento y experimentar la sexualidad como se está viviendo. La mujer está todo el tiempo controlando sus sensaciones y no es capaz de abandonarse a ellas”.

 

Para Michelle Thomas, una buena forma de comenzar a dar equilibrio a la sexualidad es a través de la terapia, “un buen modo para darse cuenta de cuáles son nuestras dificultades y en ese sentido gran parte de las terapias sexuales tienen que ver con un aprendizaje relacional con el otro”.

 

Al respecto afirma que “muchas de las disfunciones están dadas porque hay problemas con la autorregulación emocional y muchos de esos mecanismos funcionan muy mal en las personas porque la gente no sabe tolerar la distancia con el otro y en ese sentido lo sexual es un síntoma más”, asegura.

 

Frente a por qué la gente carece de inteligencia sexual y además no hay al parecer una voluntad de poder trabajar en ella, el doctor Christian Thomas es enfático al señalar que “tiene mucho que ver con los paradigmas culturales que hoy nos dicen que debemos invertir en bienes materiales y que si tienes dinero, debes gastarlo en eso. No hay ningún economista que te diga que lo gastes asistiendo a clases de yoga. Hoy prima en el mercado el dinero, lo económico”, dice.