Cuando conocí a Ven, hace algunos años, una monja tibetana que vive en Argentina,  me dijo; hay mucha tristeza en tu vida porque aún no eres libre.  Sinceramente, en ese momento, no entendía lo que quería decir, al menos no con el alma.                                                                                                                                                                      

Por Marcela Temes I dirección@w.revistali.com

Por Marcela Temes I dirección@w.revistali.com

¿Que es ser libre? Uno cree que la libertad es estar solo. Hacer y deshacer, lo que te da la gana, sin tener que consultar ni compartir decisiones. Es que, general cometemos el error de atarnos a quien amamos. Los seres humanos, al contrario que los animales generamos relaciones de apego, nos hacemos uno con el otro. Desde que nacemos nos  invade el miedo al abandono y tememos caer en un profundo silencio. Somos tan ajenos a nuestra propia existencia que tenemos pánico a quedar afuera de la vida del otro.

Amamos ? o necesitamos ser amados? y ser amados es estar en la mente del otro o en el corazón ? 

La gente “tiene ataduras que no puede dejar”, la atadura es un apego; un pegamento; un vínculo negativo; un lazo emocional y espiritual con algo o con alguien. Atadura es cuando algo o alguien ocupa un lugar obsesivo en mi mente, y siempre pienso en esa cosa, o en esa persona. Podemos tener ataduras con cosas, con gente, con ritos, con ideas, con recuerdos; y siempre la atadura nos trae angustia porque nos apegamos a algo y tenemos miedo de perderlo. Porque pensamos que si perdemos eso o esa persona, vamos a perder una parte importante de nuestra vida. Entonces empezamos a controlar; y resulta que todo lo que controlamos nos termina controlando;  todas las ataduras siempre son esclavizantes, porque vivimos atados a algo o a alguien bajo la angustia y el miedo de perderlo. Esa angustia de perder ese trabajo, esa idea, esa persona, esa pareja, ese rito, se transforma en un dolor muy grande.

Empezamos a controlar; y resulta que todo lo que controlamos nos termina controlando; todas las ataduras siempre son esclavizantes.

Cuenta una vieja leyenda de los indios Sioux, que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo de la tribu, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Azul, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu….

-Nos amamos…- empezó el joven

-Y nos vamos a casar….- dijo ella.
-Y nos queremos tanto que tenemos miedo, queremos un hechizo, un conjuro, o un talismán. Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos, que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar la muerte.

-Por favor, -repitieron – hay algo que podamos hacer?

El viejo los miró y se emocionó al verlos tan jóvenes, tan enamorados. y tan anhelantes esperando su palabra…

-Hay algo,-dijo el viejo- pero no sé…..es una tarea muy difícil y sacrificada.

Nube Azul…-dijo el brujo- ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de luna llena. ¿Comprendiste?

-Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo- deberás escalar la montaña del trueno. Cuando llegues a la cima, encontrarás la más brava de todas las águilas, y solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Azul. ¡Salgan ahora!

Los jóvenes se abrazaron con ternura y luego partieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte y él hacia el sur.

El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con las bolsas que contenían las aves solicitadas.

El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas.

Eran verdaderamente hermosos ejemplares.

-Y ahora ¿qué haremos?, -preguntó el joven- ¿los mataremos y beberemos el honor de su sangre?

-No – dijo el viejo.

-¿Los cocinaremos y comeremos su carne?- propuso la joven.

-No -repitió el viejo. Harán lo que les digo: tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero. Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres…

El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse por el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.

Este es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón. Si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse el uno al otro.

 

Para que haya un verdadero vínculo tiene que haber dos personas. Todo lo demás son intentos de rescatarse de la propia angustia. Cuando una persona deja de ser ella misma para identificarse plenamente con el otro, fusionándose con sus deseos, sus opiniones, sus elecciones, sus propósitos de vida, aparece el fenómeno de perderse en el otro. ¿El resultado? Dos personas infelices, carentes de libertad, presos el uno del otro. 

Pero uno se pregunta ¿hay posibilidad de enamorarse sin ataduras? Estar juntos pero no atados? A veces es necesario perderse, para poder encontrarse y de eso se trata la mayoría de las separaciones. Debemos aprender que la única manera verdadera de amar, es con desapego. 

Buda decía “El mundo está lleno de sufrimientos; la raíz del sufrimiento es el apego; la supresión del sufrimiento es la eliminación del apego”. 

Aprendamos a amar infinitamente, pero DesAtados. Nuestros sueños – y los de los otros- merecen la oportunidad de crecer y volar en libertad.