Por Marcela Temes I dirección@w.revistali.com

Por Marcela Temes I dirección@w.revistali.com

A veces me pregunto Cuantas veces debo volver a empezar? Y seguramente lo haré todas las que sea necesario.  Llevo dentro un instinto que no me permite dejarme caer, aunque quiera, no puedo.

La vida me ha enseñado que de nada sirve bajar los brazos, tampoco correr atolondrada  sin mirar hacia dónde ir.

Durante muchos años corrí tan  de prisa para no ver morir mi pareja que  no comprendí que corría por él pero sin él. No comprendí que el amor era mucho más que él y yo. No comprendí que antes que él estaba yo.

Porque el amor es en principio una relación con uno mismo, una intención despojada de dolor. Un sinceramiento con el  alma en la más profunda soledad y silencio.

Pensemos; cuando nos decimos “debo volver a empezar” tomamos un instante, y respiramos. Respiramos, como si ese cambio de aire, la entrada consciente de oxigeno en nuestro cuerpo, pudiera ser capaz de darnos la fuerza necesaria para abordar el nuevo camino.

Entonces llega el silencio. Un silencio inmenso que es fuente de nuestra propia existencia. Un silencio transparente e inconmensurable. Un silencio que trae paz y que de alguna manera  nos devuelve la verdadera imagen. Un silencio que  nutre y  libera de lo más tóxico. Que a veces hace llorar, pero que también es capaz de transportarnos a otra instancia; la de la verdad que afirma,  que de nada sirve seguir penando.

Solo por esta razón es que el ruido no es bueno como compañero. Sé que cuando se termina una pareja, los buenos amigos, tienden a acompañarnos,  y esta bueno sentir el calor de quienes nos aman, sus palabras lindas y su preocupación por vernos bien. Pero lo cierto, es que tan solo en soledad, y en el silencio verdadero, podemos sanar el alma.

Mi mente fue mi peor enemiga, mi mente llena de ruidos. Hoy debo dejar que los latidos de mi corazón se instalen en todo el cuerpo, para aprender que el dolor no está afuera,  sino en lo profundo de mis pensamientos llenos de miedos.

Por eso cuando vi la ilustración de Diana Raznovich (Gracias Diana por prestarnos tu genialidad  para compartir en nuestra revista Li ) me vi a mi escapando por el mismo riel de lo temido.

No se trata entonces de “volver a empezar”, sino de cambiar mi vida. Cambiar aunque duela el movimiento. Sincerarme conmigo misma, en estos intentos fallidos por amar, sin amarme lo suficiente.

El maestro C.G.Jung decía: “Nadie puede permitirse el lujo de esperar a que alguien haga lo que él mismo no quiere hacer”. Entonces el amor es empezar por uno mismo; aceptándonos, perdonándonos, mirándonos en un espejo de cuerpo entero y diciendo esta soy yo. Este es mi cuerpo que debo cuidar y amar tanto como a mi espíritu.

Este es mi espíritu con o sin ganas, con o sin alientos con o sin potencia, pero mío y así lo acepto y lo amo por la simple razón de que es parte de esta vida.

Y ahora sí llego el momento de sacar de mí toda la creatividad para reinventarme desde otra paleta de colores. Sin penas, ni culpas ni miedos, tres fantasmas que impiden el acercamiento a la verdad. Pintar mi vida, improvisarla animándome a jugar. Como si realmente nada de lo que paso hubiera sucedido, nada que entorpezca la intención de mi ser por desplegarse. Con una primera afirmación; Todo se puede mientras  sea capaz de amarme.