En su nuevo libro “Arte y psicoanálisis”, el ensayista y psiquiatra Juan David Nasio reconstruye el momento fundante de la creación en la obra de artistas como Francis Bacon, Pablo Picasso o Félix Vallotton y explora las manifestaciones del inconsciente en algunas obras emblemáticas, a la vez que descifra el repertorio sensorial que interviene en la contemplación de una pieza erótica.

El autor de obras como “El dolor de la histeria” o “Un psicoanalista en el diván”, radicado en Francia desde hace casi cinco décadas, reúne en este volumen editado por Paidós un conjunto de textos en los que aplica su experiencia con pacientes en el diván para analizar desde los componentes de la voz de la cantante María Callas y la obsesión del pintor angloirlandés Francis Bacon por un retrato de su par del siglo XVII Diego Velázquez, hasta la influencia de la obra “Niño con paloma” de Picasso.

Nasio estudió Medicina en la Universidad de Buenos Aires y en 1969 se radicó en Francia, donde se vinculó con el célebre psicoanalista Jacques Lacan.

En 1971 fue designado docente de la Universidad Paris VII, Sorbona, cargo que ocupó durante treinta años. A partir de 1978 dirigió un seminario en el marco de la Escuela Freudiana de París. Tras su disolución, fundó en 1986 los Seminarios Psicoanalíticos de París, un espacio para formar psicoanalistas y transmitir el psicoanálisis a todos los profesionales de esta disciplina.

¿Cuál fue el punto de partida de esta obra que funde la relación entre el arte y el psicoanálisis? ¿Cómo fue posible trabajar con los artistas seleccionados aplicando sus saberes en forma equivalente a la práctica con pacientes?

Este libro es el resultado de muchos años en el que me he ocupado del tema del arte. El disparador fue un encargo que me hicieron en el 2013 desde el Grand Palais, que es el equivalente al Museo de Bellas de Buenos Aires, para escribir el álbum de exposición sobre Félix Valotton, un pintor francés de origen suizo. Eso marcó el surgimiento de una serie de reflexiones sobre el arte y el psicoanálisis.

El texto más osado del libro es aquel en el que vinculó a Francis Bacon y Velázquez con el tema de la sublimación. Ahí me identifico con la homosexualidad de Bacon, intentando atravesar lo que él vive y plasma en sus obras. Durante 20 años de su vida, entre 1949 y 1971, Bacon hizo casi 50 copias del retrato de Velázquez dedicado a Inocencio X. El se enamora de esa obra al punto de obsesionarse y pasar gran parte del tiempo encerrado en su estudio copiándola.

A partir de recorrer esas experiencias propongo una teoría diferente de la sublimación, que redefino como una transmisión de deseo. La sublimación se produce en este ejemplo donde uno de los grandes retratistas de la historia de la pintura como Velázquez va a estimular y a incitar a otro gran artista, en este caso del siglo XX, a producir y crear. La sublimación es una transmisión del deseo de crear.

El psicoanálisis es un saber fundado en la exploración del inconsciente que irrumpe en el discurso del paciente ¿De qué recursos se valió en esta ocasión para trazar un retrato con apuntes psicoanalí­­ticos, en tanto por razones obvias no hubo interlocución directa con las figuras que perfila en su obra?

Lo fundamental es la inmersión en el mundo interior del otro, aunque no esté vivo. Mi método es tomar al personaje sea Bacon o María Callas e imaginar lo que sentiría para entender los disparadores de su obra. Esa experiencia está reforzada por el contacto con biografías, documentos y artículos sobre el personaje abordado. En el caso de Vallotton, me encerré durante un mes en el salón de un hotel con todos los cuadros del artista que iban a ser exhibidos luego en el Grand Palais.

Si tomamos el caso de Vallotton, en sus cuadros yo encontré una manifestación inmensa del inconsciente, así como también en el recorrido por su vida. Valotton es un voyeurista, sobre todo en la imaginación porque era un hombre muy tímido. El pinta como si estuviera escondido detrás de un árbol espiando con cierta perversión distintas escenas sexuales. Otro rasgo que se manifiesta a través de su inconsciente es la angustia provocada por el miedo a las mujeres. El inconsciente está en los hechos más cruciales de la existencia de toda persona: una obra de arte es bien propicia para detectar esas manifestaciones.

¿Parafraseando un poco a Vallotton, se podría pensar que para muchos artistas el arte reemplazó a la vida? ¿En qué medida es más potente o genial la obra de aquel que, como Vallotton, “desde detrás de un vidrio, ve vivir y no vive”?

Se podría pensar que la consigna de Vallotton era “sexo en mi vida no pero en mis cuadros sí”. El pintor es un hombre muy solitario. Pintar es una actividad similar a la meditación: es estar sólo consigo mismo frente a la tela. Vallotton tenía algo parecido a una experiencia de levitación cuando pintaba. Por eso creo que son muy emblemáticos sus autorretratos: él necesitaba entrar dentro suyo y plasmar sus sentimientos en el lienzo.

Como contracara de esta postura lo tenemos a Picasso, un hombre que pintaba pero también estaba totalmente en la escena social. Además era un seductor, la contracara de Vallotton. Todos sus cuadros muestran el toro y otras figuras masculinas y sensuales. Picasso ve la vida en la acción, a través del cuerpo. Era un gran seductor.

¿Que tipo de placer interviene en la contemplación de una obra erótica?

Esto ocurre sobre todo con los hombres, si bien las imágenes eróticas excitan a hombres y mujeres. La excitación sexual pasa primero por los ojos. según las estadísticas y las experiencias sexológicas, lo que más lo excita es ver a una mujer desvestirse. En cambio en una mujer la excitación no pasa necesariamente por la mira. Y a su vez mira lo que miran los ojos del hombre, le presta atención a esa mirada deseante y excitada. Más que mirar escucha: su excitación pasa más por el oído y el cerebro que por los ojos.

En el caso de la contemplación de una obra erótica, podemos identificar un triple placer: un placer narcisista, otro físico y otro mental. El placer mental es central: la pintura esta primero en la cabeza del pintor y el placer de contemplarla, en la cabeza del espectador. El cerebro es la primera zona erógena. La cabeza es el organizador soberano de la sensación sexual.

El placer narcisista apela a un “sentirme yo”, excita el fantasma que el cuadro despierta. Si la obra es erótica, el placer narcisista consiste en descubrir que la imagen nos reenvía a nuestro propio universo sexual. Y finalmente está el placer de sentir físicamente que la obra nos excita, que experimentamos en el cuerpo tensiones imperiosas y agradables.